Cita del día



CITA DEL DÍA: "Los complejos de inferioridad serian estupendos si los tuvieran las personas adecuadas”.

Entrada antigua de la semana

ENTRADA ANTIGUA DE LA SEMANA: Blancanieves (cuento)


sábado, 30 de junio de 2012

Diccionario en clave de humor (10)





Reinvención personal, en clave de humor, del significado de las palabras.

CONTRARRESTAR. Sumar.
CONVENCIMIENTO. Deuda u obligación a plazo.
CONVOCACIÓN. Dícese de la persona con inclinación a algún estado, profesión o carrera.
CÓPULA. Término que une el predicado con la sujeta.
CORPÚSCULO. Pequeño fragmento de nalga.
CROQUETA. Forma correcta de decir "cocreta".
CRUENTO. Relato de un  suceso  macabro.
CUADRADA. Caballeriza cerrada por cuatro paredes iguales, que forman  otros tantos ángulos rectos.
DECAPITAR. Tocar diez veces el  pito.
DELEGADO. Falaco.
DELFÍN. Último cetáceo.
DELINQUIR. Infringir la ley de la lógica inventando verbos como éste.
DESALIENTO. Alientes.
DESASTRE. Traje hecho a la medida.
DESEMPAQUE. Acción  y efecto de desempacar o bajar los humos a una persona.

Diccionario (9)                                      Página principal                                     Diccionario (11)

miércoles, 27 de junio de 2012

Mis primeros pasos informáticos






Mi primer ordenador tenía 24 megas de capacidad en el disco duro. Es cierto que han pasado 22 o 23 años, pero resulta alucinante pensar que en uno de los actuales cabrían 100.000 como aquél. Entonces me daba la sensación de que iba a servirme para toda la vida, porque metía todo le que quería y apenas ocupaba espacio. Sin embargo 5 o 6 canciones de las que se pueden bajar actualmente por internet lo hubieran llenado.

Olvídate del escritorio, de los iconos, del Windows, del  ratón y por supuesto de internet. Todo eso ha ido saliendo después. El sistema operativo era el MS-DOS. Las instrucciones se daban por escrito. Para empezar a ver colores e imágenes tenías que entrar en un programa y ejecutarlo. Tuve la suerte de que en El Corte Inglés me regalaron un cursillo, de unas pocas horas, para adaptarme a mi nueva afición. Me tocó un profesor muy práctico, que se dedicó principalmente a quitarnos el miedo de enfrentarnos a lo desconocido. Nos dio las instrucciones más elementales para empezar a funcionar y nos dijo que a partir de ahí nos  iríamos complicando según necesidades y ganas. Y así fue en mi caso.

Siempre que había oído hablar de los virus informáticos pensaba que eran una tomadura de pelo. ¡Cómo iba a pillar la gripe un ordenador! ¿Se la podía contagiar yo? ¿Me la podía pasar él a mí? No tardé mucho en dejar de tomármelo a broma. El ordenador empezó a hacer cosas raras. Al principio pensé que era mi inexperiencia, pero llegó un momento en que no daba pie con bola y decidí consultar. Enseguida detectaron lo que podía ocurrir y me dieron un programa para escanear el disco duro. Cuando empecé a ver que tenía un montón de ficheros infectados por el virus de Jerusalén, empezaron a entrarme picores. Me dijeron que era el famoso viernes 13, que se había introducido a través de un programa de tratamiento de textos y se había activado al encender el ordenador en esa fecha. Como todavía no había guardado nada importante, me lo formatearon y a funcionar de nuevo. Para que no volviera a ocurrirme lo mismo (al menos con ese virus) me dijeron que cuando fuera a llegar otro “viernes 13” cambiara la fecha del ordenador a “sábado 14” para engañarlo. Así lo hice y no volví a tener problemas.

De mis primeros juegos hay tres de los que guardo especial cariño. El primero de ellos fue uno de golf. Todo era mucho más simple que lo hecho  actualmente, pero a mí  me parecía una maravilla. Sin haber jugado nunca me familiaricé con la terminología de ese deporte,  incluso con las maderas o hierros que hay que utilizar en cada momento. Podías jugar en los campos más importantes del mundo, en distintas condiciones climatológicas y del  terreno.  También tenías la posibilidad de construir tu propio campo. Yo me lo hice,  inspirándome para la creación de algunos hoyos en un manual de cruceta que tenía mi madre. Uno  de ellos era una chica paseando en bicicleta. En el lazo que llevaba en el pelo estaba el punto de salida y en el plato de la cadena el green. 

El segundo juego era el 1on1, al que ha jugado casi todo el mundo que tenía ordenador en aquella época. Michael  Jordan y Larry Bird competían en un partido individual de baloncesto y tú te encarnabas en uno de ellos. Lo mismo podría decirse de El  príncipe de Persia, aunque creo recordar que éste fue algo posterior. Aquí tu personaje era el  príncipe en cuestión y tenías que superar unos cuantos niveles para rescatar a la princesa. No se olvide que en los tres juegos comentados (salvo los usuarios de nivel que ya tenían joystick) debías defender tu suerte con el teclado. Realmente llegabas a coger auténtico callo.

Pronto me picó  el gusanillo de la programación. Me compré un libro de basic básico y empecé a hacer cosas sencillas para jugar con los sobrinos. Poco  a poco fui complicándome la vida, siempre dentro de unos límites. Me resultaba apasionante ir resolviendo los problemas que me iba planteando, con la confianza de saber que cuando algo salía mal era por mi culpa, porque este animalico no se confunde nunca. Terminé haciendo una versión casera de Cifras y Letras y otra del tradicional Mastermind.

El  programa que más llegue a dominar fue el DBase III Plus, pero a eso le dedicaré otro escrito.

Creo recordar que mi segundo ordenador ya llevaba incorporado Windows y el ratón, pero yo nunca he sido muy rompedor en mis comportamientos. Pensé que prefería ser fiel a mi MS-DOS y al teclado y no quise hacer uso de las innovaciones tecnológicas. Más tarde ya no pude negarme a la evidencia y me adapté a los nuevos tiempos. 

Con ese segundo ordenador me incorporé a lo que debía ser un preludio de lo que más tarde ha sido internet. Era un sitio en el que podías intercambiar correos  y chatear, pero con dos graves inconvenientes. El primero (también sucedió en los inicios de internet) que dejabas el teléfono incomunicado. El segundo, el precio. Aunque me advirtieron, me confié. El importe de la primera factura triplicó el habitual, que ya de por sí era alto con una madre amantísima y cuatro hijas repartidas por la geografía nacional. Le pague la diferencia a mi padre y fui mucho más prudente en su utilización. Solo me conectaba para recibir mensajes y mandar los que previamente había escrito estando desconectado. Debía salir la conexión sobre los 10 euros la hora. Así conocí a Cristina, mi primera amiga hecha a través de este mundo virtual.

domingo, 24 de junio de 2012

Citas (111 a 120)








111. “Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren” (Jean Paul Sartre).


112. "La paz obtenida con la punta de la espada no es más que una tregua” (Pierre Joseph Proudhon).


113. “No hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige” (Arthur Schopenhauer).


114. “La esperanza es un árbol en flor que se balancea dulcemente al soplo de las ilusiones” (Severo Catalina).


115. “Mi sueño es el de Picasso: tener mucho dinero para vivir tranquilo como los pobres” (Fernando Savater).


116. “A menudo, la fortuna nos hace pagar muy caro lo que creemos que nos ha regalado” (Vincent Voiture).


117. “Con veinte años todos tienen el rostro que Dios les ha dado; con cuarenta el rostro que les ha dado la vida y con sesenta el que se merecen” (Albert Schweitzer).


118. “Culto es aquel que sabe dónde encontrar lo que no sabe” (Georg Simmel).


119. "Cuando alguien es incapaz de reírse de sí mismo, ha llegado el momento de que otros se rían de él” (Thomas Szasza).


120. "Cuando un hombre se echa atrás, retrocede de verdad. Una mujer solo retrocede para coger carrerilla” (Zsa Zsa Gabor).


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jueves, 21 de junio de 2012

Me sucedió con la COPE






Desde que me enganchara hace años a la radio deportiva nocturna con José María García, nunca la he abandonado. Durante un breve periodo de tiempo fue El Tirachinas, de José Antonio Abellán, en la Cadena COPE. En  dicho programa (a través de un subprograma llamado El Radiador) hubo un concurso, Falla y Gana, a través del cual se repartían supuestamente cada semana 2.000.000 de pesetas (12.000 euros) entre los participantes que fueran capaces de hacer pleno en lo que se denominaba la antiquiniela. Ésta consistía en tratar de no acertar ningún signo de los 21 partidos de primera y segunda división española. Se desarrollaba a través de la página web y en la jornada correspondiente al 10 de diciembre del año 2000 me encontré entre los acertantes. No recuerdo exactamente el premio que me correspondió, pero debía estar en torno a los 150 euros. Allí empezó la odisea.

Al haber sido confirmado  en la lista de acertantes y ver que nadie se ponía en contacto conmigo, me dirigí a la dirección de El Tirachinas. Más tarde a otros programas nacionales y al defensor del oyente, siempre por la página de la emisora. Nadie me respondió. Traté de localizar telefónicamente a algún otro acertante y encontré a uno, en Asturias, al que tampoco habían pagado. En el programa seguían haciendo publicidad de su maravilloso concurso y mi indignación iba en aumento. Lo importante ya no era el premio sino desenmascarar a quien estaba chuleándonos, seguramente a espaldas de la propia empresa.

Empecé a meterme en el foro para dejar mensajes que llamaran la atención. “COPE: Curas Organizados Para Embaucar” fue el encabezamiento de alguno de ellos. Alguien se encargaba de borrarlos inmediatamente, pero yo volvía a la carga buscando distintos horarios. Escribí a un periódico local (Heraldo de Aragón) y a otro nacional (El País) denunciando lo que estaba sucediendo, pero ninguno de los dos tuvo a bien publicar la carta. Extraño corporativismo. Por fin, terminé poniendo una denuncia.

Alguien me preguntó si había ido a la emisora de mi ciudad. La verdad es que no lo había pensado. Acudí y me  recibió personalmente el director de la misma, don Javier Ferrer. Se avergonzó de que en su casa pudiera estar sucediendo algo así y me pidió que dejara el asunto en sus manos. Antes de dos horas ya había recibido un mensaje de un tal M. O. (obviaré su nombre), director de la empresa a la que la COPE había encargado la gestión del concurso, haciéndose el consternado por haber podido cometer semejante error. Al día siguiente me llegó un cheque por el importe de mi premio.

Pepe y Paco
Supongo que la única culpa de la COPE, que ya es bastante, fue la negligencia de dejar el control de su página web y de un concurso patrocinado por ella en  manos de quien resultó ser un chorizo. Lo que desconocía esta persona es que yo tenía contacto con el acertante asturiano, el cual me informó unos días más tarde que a él le había enviado  el cheque por un  importe equivalente a la mitad del premio que le  correspondía. No sé en  qué quedaría al final la cosa, pero hace falta ser desvergonzado.

Considero que hubiera sido muy saludable haber dado una explicación en antena, que creo no se llegó a ofrecer. El  concurso desapareció y yo de oyente de un programa al que había llegado a coger verdadero asco.

Recientemente he vuelto a ser oyente de los programas deportivos de la COPE. Desde que Paco González y Pepe Domingo Castaño se trasladaran a la  misma desde la SER, acompañados por más de  cincuenta  profesionales, yo me he cambiado con ellos. Soy más de las personas que de las instituciones.

lunes, 18 de junio de 2012

Diccionario en clave de humor (9)





Reinvención personal, en clave de humor, del significado de las palabras.

CONCATENACIÓN. Figura que consiste,  consiste en empezar,  empezar dos o más cláusulas, cláusulas con la voz, voz final de la cláusula, cláusula anterior.
CONDENACIÓN. Dalemania, Dargentina, Despaña, etc.
CONDENADO. Réprobo de noble cuna.
CONDESCENDENCIA. Acción y efecto de condescender o acceder por pura bondad al deseo del varón sin haber tomado medidas.
CONFIANZA. Esperanza en salir de la cárcel pagando una cantidad de dinero.
CONFÍN. Dícese de todos los cuentos que no son el de nunca acabar.
CONFUSAMENTE. Persona con las ideas poco claras.
CONSULAR. Aliviar la aflicción de un cónsul.
CONSUMAR. Llevar a cabo o ejecutar hasta su conclusión alguna suma.
CONTABLE. Propietario de una mesa francesa.
CONTACTO. Acción y efecto de tocarse con habilidad o estar contiguas con acierto dos o más cosas.
CONTENEDOR. Establecimiento de comidas con una cierta categoría.
CONTRABAJO. Músico que no está en paro.
CONTRAFUERTE. Valiente.
CONTRAPELO. Calvicie.
Diccionario (8)                                      Página principal                                     Diccionario (10)

viernes, 15 de junio de 2012

Me harté de ser cliente de Planeta






Sucedió hace alguno más de treinta años. Llegó mi cumpleaños y mi generosa hermana mayor, sabiendo que me gustaba leer las novelas ganadoras del Premio Planeta, en vez de regalarme la última que había salido me las compró todas. Se vendía la colección completa y tenías la posibilidad de apuntarte para que te enviaran, en la misma encuadernación, las que fueran ganando en los años siguientes. La editorial se aseguraba las ventas y tú te evitabas la molestia de tener que ir a comprarlas. Hasta ahí, todo muy bonito.

El  hecho de que llegara a mi domicilio la colección de Premios Nobel lo consideré un accidente sin importancia. Llamé a la central de Barcelona y me confirmaron que, efectivamente, otro cliente de Zaragoza los había comprado y debían haber bailado los pedidos. Sin que yo preguntara me dijeron que no era la primera vez que les sucedía, porque sus repartidores de mi ciudad eran bastante chapuceros. Les pregunté cuánto se demorarían en deshacer el error y vinieron a responderme que el tiempo que yo tardara en avisar a los que lo habían cometido y ellos en querer dirigirse a las dos direcciones. O sea, lo que se dice una auténtica coordinación para dar un buen servicio posventa. Como no me pilló con ganas de discutir, tomé nota del teléfono que me dieron de Zaragoza y llamé. Al ver que los de aquí tampoco estaban por la labor de colaborar llamé en  otro tono a Barcelona, diciéndoles que yo no buscaba culpables sino soluciones y que eran ellos los que tenían la obligación de facilitármelas. No debí impresionarles demasiado, porque aún tuve que hacer un par de llamadas más antes de que mis auténticos libros terminaran por dormir en mi casa. Habrían transcurrido tres o cuatro semanas desde que les comuniqué la equivocación.

Al año siguiente esperé pacientemente la llegada del libro con la nueva novela galardonada. Cuando llamé a Barcelona para preguntar me dijeron que debería haberlo recibido hacía tiempo, pero que al haber cambiado el sistema  informático se habían producido algunos fallos y yo me encontraba entre las víctimas. Tuve que volver a reclamarlo, pero terminó llegando.

Al año siguiente esperé pacientemente la llegada del libro con la nueva novela galardonada. Cuando llamé a Barcelona para preguntar me dijeron que debería haberlo recibido hacía tiempo, pero que al haber cambiado el sistema  informático se habían producido algunos fallos y yo me encontraba entre las víctimas. Tuve que volver a reclamarlo, pero terminó llegando.

Pensará el  amable lector que repito  los párrafos porque me he pasado de cañas, pero no es así. Sucede que ocurrió exactamente lo mismo dos años seguidos. Y añadiré que por lo menos otros dos más, pero como me parece que resultaría un poco reiterativo seguir haciendo la misma gracia hasta cuatro o cinco veces, de estas últimas me limitaré a dejar constancia. El caso es que ese cuarto o quinto año decidí escribir una carta a don José Manuel Lara, propietario y presidente de la editorial, comentándole lo que aquí estoy exponiendo y manifestándole mi opinión de que algo debía estar funcionando  mal  a sus espaldas, porque me parecía demasiada coincidencia que todo lo que me estaba sucediendo se debiera a un problema de mala suerte personal. Enseguida recibí su amable respuesta. Me pedía disculpas y me decía que había pasado nota al departamento correspondiente, para que se me enviara el libro de ese año y no volviera a ocurrir lo mismo en lo sucesivo.

A los pocos días recibí la novela con las excusas del departamento en cuestión, indicándome que el error se había debido a que acababan de cambiar el sistema informático. No tenía que preocuparme para los años siguientes, porque habían tomado buena nota para enviármelo puntualmente.

Han transcurrido veintiocho años. No han vuelto a mandarme el libro del premio Planeta nunca más, ni yo a reclamarlo. Supongo que seguirán perfeccionando el sistema informático.

martes, 12 de junio de 2012

Citas (101 a 110)







101. “La inteligencia me persigue, pero yo soy más rápido".


102. “Quien no tiene nada individual de qué envanecerse, se envanece de haber nacido aquí o allí” (Arthur Schopenhauer).


103. “La adulación es una moneda falsa que tiene curso gracias sólo a nuestra vanidad” (François de la Rochefoucauld).


104. “El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas” (William George Ward).


105. “El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla” (Manuel Vicent).


106. “Nunca es triste la verdad; lo que no tiene es remedio” (Joan Manuel Serrat).


107. "Son necesarios cuarenta músculos para arrugar una frente, pero sólo quince para sonreír” (Swami Sivananda).


108. “No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad” (Sócrates).


109. “¿Qué es la avaricia? Un continuo vivir en la pobreza por temor a ser pobre” (San Bernardo de Claraval).


110. “El 28 de diciembre nos recuerda lo que somos durante los otros 364 días del año” (Mark Twain).


Citas (91 a 100)                                     Página principal                                   Citas (111 a 120)

sábado, 9 de junio de 2012

Historia de una multa








Volvía tranquilamente por la autovía de Madrid hacia Zaragoza. Varios conductores me habían pasado a velocidades muy por encima del límite permitido. Vislumbré a lo lejos, circulando, un coche de la Guardia Civil. Como era una recta larga y vi que no venía nadie por detrás, me puse en el carril de adelantamiento con bastante antelación. Al no haber nadie cerca para ser informado de la maniobra con el  intermitente, no lo encendí. Poco después de haber sobrepasado al vehículo citado volvió a ponerse delante, indicándome que parara a la derecha. El agente de mayor graduación se acercó a mi ventanilla. Me preguntó, siempre en tono irónico, si los intermitentes los llevaba de adorno y otras sandeces parecidas. Le dejé hablar hasta que me comentó que iba a ponerme una multa. Entonces ya intervine y le dije que había estado callado pensando que iba a ser la única posibilidad que tenía de evitar la sanción, pero que si iba a ponérmela de todas formas yo también quería hablar. Empecé por reconocer que aunque el intermitente no aportaba nada a la seguridad de la maniobra quizá debería haberlo encendido de todas formas, pero que en cualquier caso la infracción me  parecía mucho menos grave que la cometida por los coches que acababan de adelantarnos a velocidades estratosféricas. Que podía llegar a entender que habiéndose visto obligado a cambiar su anterior papel de agente de la autoridad por el de recaudador a destajo, al querer asumirlo, le resultara más cómodo parar a un pardillo circulando despacio que emprender la persecución de un ciudadano a 200 km/h; pero que no me parecía adecuado en absoluto (y menos en una persona que llevaba ese uniforme) que se dirigiera a mí de forma tan impertinente. Evidentemente no nos pusimos de acuerdo en la calificación del tono en el que me había hablado, pero tampoco me pareció ya necesaria la disculpa considerando que el mío había terminado por ponerse a la misma altura.

Mientras el agente iba a su coche en busca del talonario de multas me dio por pensar en el  prestigio de la Guardia Civil, que evidentemente no iba a sufrir merma alguna en mi opinión por lo que acababa de suceder. Cuando ocurre un accidente, sus unidades correspondientes acuden prestas al auxilio de los heridos y reorganización del tráfico. Cuando hay una redada de delincuentes de cualquier tipo, en la mayoría de las ocasiones se encuentran sus tricornios detrás de la  misma. Cuando un ciudadano está en peligro, siempre hay alguno de sus representantes dispuesto a jugarse la vida para salvarlo. Cuando un coche con su emblema se encuentra en nuestros alrededores sabemos, en definitiva, que podemos respirar tranquilos. Pocas instituciones aglutinan un respeto tan unánime de la ciudadanía, ganado a pulso por su buen hacer en el día a día de muchísimos años en diferentes situaciones políticas. En el desfile del Día de las Fuerzas Armadas recogen siempre las ovaciones más cerradas. A nadie se le oculta su decisiva colaboración en la casi desaparición del terrorismo (a  pesar del entorpecimiento de la ganadería política), en cuya lucha han sufrido numerosas bajas. 

Me hallaba en esos pensamientos cuando se me acercó el segundo agente, inferior en galones pero superior en todo lo demás:
—Vengo a pedirle disculpas.
—¿Disculpas?
—Creo que no hemos utilizado con usted un tono correcto.
—Usted no ha intervenido en la conversación. En todo caso tendría que pedírmelas su compañero.
—Los dos llevamos el mismo uniforme y por respeto al mismo quería pedirle perdón.
—Lo acepto, si se queda más tranquilo, pero considero su solicitud innecesaria. En ningún momento me he sentido ofendido por usted, ni por ese respetable uniforme que prestigia vistiéndolo.

¡Honor y gloria a la Guardia Civil!

miércoles, 6 de junio de 2012

Diccionario en clave de humor (8)





Reinvención personal, en clave de humor, del significado de las palabras.


CENTONAR. Amontonar cien cosas sin orden.
CERCA. Valla  próxima.
CERRO. Signo numerral sin valor propio.
CESAR. Dejar de ostentar el título de emperador romano.
CHARRO. Vehículo salmantino para transportar objetos diversos.
CHINCHÓN. Hinchazón anisada.
CHIFLADO. Instrumento musical de viento del que solo se puede sacar la primera nota.
CHILLÓN. Silla de brazos tapizada con colores demasiado vivos.
CHISMEAR. Orinar orina.
CHISPORROTEAR. Despedir chispas el  canuto.
CHISTERA. Sombrero de copa alta que mueve a la risa.
CHOCHEAR. Extremar el macho el cariño y afición por la  entrepierna de la hembra.
CÍRCULO. Recinto destinado en la antigua Roma para algunos espectáculos publículos.
COMENSAL. Cada una de las personas reunidas en una misma mesa a comer cloruro sódico.
COMPRENDER. Apresar a una persona, a pesar de entender los motivos que le han impulsado a cometer la falta que le ha condenado.
Diccionario (7)                                       Página principal                                      Diccionario (9)

domingo, 3 de junio de 2012

Pedro Fanlo, alias "Ruja"






Tuve el honor de conocer a Ruja y de escuchar de su voz alguna de las anécdotas que aquí se narran. También a Teresa, su mujer, a la que Dios concedió la virtud de la paciencia para convivir con una persona de su temperamento. Como homenaje a ellos quiero dedicar este relato a sus hijos (Graciela, Pedro y Marité), nietos (José Manuel, María Victoria, Fernando, Sonia, Rosa, Teresa, Patricia y Aznar) y biznietos (Víctor, Carlos, Manuel, Gabriela, Leire, Mario, Aurora, Carla y Gonzalo).




En un lugar de Los Monegros de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un guarda jurado de los vocacionales de su profesión, con chapa en bandolera, rifle colgado al hombro, boina ladeada, morral con bota de vino, cigarro en los labios, ceño fruncido, amor a los animales, recelo hacia las personas y elevado sentido de la justicia, la lealtad y el honor. Su nombre de pila era Pedro y su apellido Fanlo, pero todas  las gentes del lugar y alrededores le conocían por Ruja, apelativo con el que ha pasado a la historia de la comarca.

La figura de Ruja formaba parte de este paisaje
(Foto José Ramón Blasco)
Es pues de saber que nuestro protagonista, durante su infancia y adolescencia, se dio a leer libros de aventuras y novelas del Oeste, con tanta afición y gusto que olvidó casi de todo punto los juegos habituales de su edad y la relación con sus compañeros de escuela. Su vivienda, aislada en  medio del monte, primero como hijo de quien también fue guarda y después ejerciendo dicho oficio, tampoco favoreció en demasía el desarrollo de la sociabilidad que parece inherente a la condición humana.

Por su carácter arisco no necesitó demasiado esfuerzo para ganarse el respeto que su profesión  requería. Sin  embargo fueron sus valerosas intervenciones en acciones puntuales las que le fueron elevando poco a poco a la categoría de mito. Como  aquél  altercado en el que cuchillo en mano hizo huir a los componentes de una tartana de gitanos, pudiendo haber perdido la vida y estando a punto de hacérsela perder al que salió sigilosamente del grupo para atacarle por la espalda con una hoz.

Torrollón ubicado en el que fue su territorio
(Foto ocminter)
Sólo algún cazador furtivo despistado osaba poner los pies en su jurisdicción. O alguien que, por considerarse fuerza viva del lugar, pensaba que su presencia iba a ser merecedora de la vista gorda. Así le sucedió a un tal mosen  Andrés, que a pesar de su condición sacerdotal fue encañonado por el rifle de Ruja a la voz de “¡Manos arriba!”.
— ¿No  me  conoces, Pedro, hijo mío?
— ¡En primer lugar no soy hijo suyo y en segundo he dicho que las manos arriba!

Su relación con la religión era la mínima imprescindible. Para casarse con Teresa (santa esposa donde las haya) y para bautizar a sus hijos Graciela, Pedro y Marité. Los domingos solía acompañar a las mujeres de su casa a la iglesia y se marchaba de recados, hasta que calculaba que había terminado la misa. Parece ser que un día el sacerdote se extendió  en  la homilía y tuvo que esperar más de la cuenta. A la salida las recibió con moderadas manifestaciones sobre la institución, sus miembros y sus actos:
— ¡Me jodo en la Iglesia, me  jodo  en los curas, me jodo  en las misas y me jodo en los sermones!
Su hija Marité (tenía que llevar sus genes) fue la única persona que se atrevió a plantarle cara, en  esta  situación y en otras varias de la vida en las que fue necesario hacerlo:
— ¿Sabe lo que le digo? ¡Que yo me jodo en usted, padre!

Posando orgulloso con sus hijos Pedro y Marité.
Al igual que los manantiales ocultos en las entrañas del agreste paisaje monegrino son detectados por las varas cruzadas del zahorí, la sensibilidad escondida tras la coraza de hombre duro de nuestro ilustre personaje podía ser puesta en evidencia por un buen ambiente en torno a un guiso de conejo, con la bota de vino dando vueltas entre los comensales. Entonces afloraba el verbo fácil de un ameno narrador de sus vivencias, aderezadas frecuentemente con un especial sentido del humor. Como aquella vez en que tuvo que ponerse delante de un juez y fue presionado por el fiscal, para que hiciera extensiva la responsabilidad del suceso juzgado a la persona para la que trabajaba:
—Veo que quiere asumir personalmente toda la culpa, para congraciarse con quien le da de comer todos los días.
—A mí no tiene que darme de comer nadie, porque ya hace muchos años que me enseñó mi madre a hacerlo solo.

Una de sus debilidades fue su hija Marité.
Era en esas comidas cuando se ponía de manifiesto el poso de lo mucho que había leído. Además de las novelas de vaqueros, que tanto le habían marcado, conocía profundamente la obra de Emilio Salgari. Y cuando pensabas que sus lecturas no habrían pasado de ese tipo de literatura, te dejaba de una pieza al comentar con la mayor naturalidad que el libro que más le había impresionado era Los Miserables de Víctor Hugo.

Por aquellos pueblos no era el coco el que amedrentaba a los niños, sino la amenaza de llamar a Ruja. Ese variopinto personaje capaz de coger la moto a continuación de que una bala rebotada le hubiese vaciado la cuenca de un ojo, para presentarse en casa del propietario de la finca tras unas gafas de sol y decirle con tranquilidad: “He tenido un pequeño accidente”. El mismo que, conociendo desde su nacimiento a las hijas de éste, cuando se las encontraba con alguien que no consideraba allegado a la familia les apeaba el tuteo y las trataba de señoritas.

Nunca fue excesivamente dado a las manifestaciones de afecto, pero supo dejar como herencia a sus seres más queridos una entrañable muestra de su sensibilidad. A los pocos días de morir descubrió su familia en un almacén, al que sólo él tenía acceso, unas cuantas cajas de cartón. Cada una de ellas llevaba escrito con primorosa caligrafía el nombre de uno de sus nietos. Dentro de las mismas había una cuidadosa selección de libros, de acuerdo con la edad y gustos de sus destinatarios.