Cita del día


CITA DEL DÍA: "El ignorante afirma; el sabio duda y reflexiona" (Aristóteles).

Entrada antigua de la semana

ENTRADA ANTIGUA DE LA SEMANA: Las botas mágicas (cuento)


jueves, 27 de septiembre de 2012

Mendigos profesionales







Me topé con él al pasar por la estación de autobuses. Estaba desencajado. Pedía ayuda con la desesperación propia de quien se le está echando el tiempo encima para poder tomar el último del día hacia su pueblo. “Acaban de robarme y no tengo dinero para volver a casa”. Pasé por su lado con actitud de bastante tengo con mis  problemas para que me vengas tú con los tuyos, que seguramente se reducirán a que  tienes un morro que te lo pisas. Cuando iba a pasar página en  mis pensamientos, una voz interior me planteó  la posibilidad de que ese chico pudiera necesitar ayuda de verdad. No le hice caso, aunque llegué a casa dándole vueltas al asunto. Me acosté con mala conciencia.

Muy pocos días después iba tranquilamente por otra calle cuando divisé una figura que me resultó familiar. Me acerqué y era él. Estaba desencajado. “Acaban de robarme y no tengo dinero para volver a casa”. Le pregunté indignado si estaba pidiendo para comprar un billete o el autobús.

Dicen que hay auténticas mafias organizadas para controlar los lugares más rentables para mendigar. Yo tanto no he profundizado en el asunto, pero hace años fui testigo de las graves amenazas del titular de la Parroquia del Perpetuo Socorro a una gitana que osó pedir en su zona. Era un hombre bastante joven, sin pinta  alguna de enfermo, que se ganaba la vida saludando y abriendo la puerta de la iglesia a la gente que entraba o salía de la misma. Prefiero no plantearme, aunque ya lo estoy haciendo, lo que hubiera respondido si alguien le hubiese ofrecido un trabajo que requiriera un horario y un cierto esfuerzo físico o intelectual.

Llegó a hacerse bastante famosa una gitana que pedía en el Coso. Cuando llegaba la hora de irse a comer a casa, se compraba un helado y cogía un taxi para no tener que esperar al autobús. Con frecuencia su última solicitud de ayuda había sido a los que estaban en la parada.

No soporto a los que mendigan de rodillas. ¿Ante quién se postran? No creo que sea ante ese dios por cuyo amor te están pidiendo, considerando que en muchas ocasiones se cagan en él cuando no les das. Menos todavía que lo hagan ante quien pueda darles dinero. Es el convencimiento de la necesidad de una familia y no la humillación lo que toca el corazón de la gente.

Afortunadamente está prohibida la mendicidad con menores,  sin embargo son utilizados con frecuencia en los letreros para llamar la atención. Es evidente que los planteamientos de situaciones con niños de por medio resultan más conmovedores. El problema es comprobar si responden a la realidad y si, en el caso de que así sea, el dinero recibido es realmente utilizado para sacarlos adelante.

El otro día me encontré con un mendigo sentado en el suelo. Tenía un papel al lado, en el que había escrito que era padre de dos hijos. El buen hombre era realmente mayor, por lo que calculé que los chavales debían ser de mi quinta. Me apeteció decirle que inspiraría más ternura pidiendo para sí mismo que haciéndolo para esos dos hijos de puta que lo tenían tirado en la puta calle.

Tampoco aguanto a los que explotan sus miserias, arremangándose para mostrar muñones o deformidades que en muchas ocasiones no son impedimento para llevar una vida prácticamente normal. Otra cosa es que no puedan valerse por  sí mismos, en cuyo caso entiendo que deben recibir un apoyo oficial con los impuestos que pagamos todos.

Los que se me hacen más insufribles son lo que exigen en vez de pedir. Afortunadamente no se dan con mucha frecuencia, porque hay motivo para engancharlos de la pechera. Me estoy refiriendo a  los que vienen  a decirte que están  haciéndote un favor solicitándote el dinero por las buenas, en vez de atracarte a punta de navaja. Considerarán que tu obligación como ciudadano es darles la pasta y las gracias por el detalle.

Recientemente ha aparecido el mendigo con pedigrí de autóctono. Tiene especial interés en exponerte en sus credenciales que no es uno de esos inmigrantes que han venido a quitarnos el  pan de nuestros hijos. Él pide con todo el  derecho que le da su nacionalidad española de toda la vida. Los otros son unos usurpadores de trabajo y de limosnas.

Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache y el Buscón llamado don Pablos siguen por las calles. Nuestra picaresca  está más vigente que nunca.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Diccionario en clave de humor (17)






Reinvención personal, en clave de humor, del significado de las palabras.


LUSO. Hijo de portugués y soviética o de soviético y portuguesa.
MALABAR. Elogiar sin fundamento.
MALAYO. Mujer que reconoce su falta de bondad.
MANCO. Defeztuoso, incopleto.
MANDUCACIÓN. Acción de comer erguido, sin avidez, sin hacer ruido,  sin poner los codos en la mesa…
MANTENIMIENTO. Mantuvemiento.
MARAÑA. Conjunto de determinados arácnidos enredados.
MARCIANO. Natural de Marcia.
MENDICACIÓN. Administración terapéutica de medicamentos conseguidos de limosna.
MENGUADO. Pez acantopterigio venido a menos.
MENGUANTE. Dícese del guante que encoge  al  ser  lavado.
MENHIR. Dar a enhender lo conhraio de lo que se piensa.
MENINA. Dama de familia noble que desde niña entraba al servicio de los gatos.
MERLUZA. Pez malacopterigio borracho.
MESILLA. Mesa para sentarse.


Diccionario (16)                                     Página principal                                    Diccionario (18)

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Las vacaciones de mi infancia



Foto de Johannes




Este relato lo he escrito para responder a la invitación del amigo Nergal, cuyo blog es El cajón de Pandoro. Simplemente hay que publicar una entrada sobre las vacaciones el día 19 de septiembre. Yo, como se puede elegir, me he decantado por aquéllas que me traen mejores recuerdos. 




Ni playas caribeñas, ni montañas exóticas, ni hoteles paradisíacos, ni carismáticas ciudades, ni safaris fotográficos, ni cruceros por el mundo mundial. Mis mejores vacaciones fueron las de mi infancia, en una casa agrícola en medio de Los Monegros, con mis seis hermanos, tres primos y amigos que iban y venían.  También estaban las personas mayores, claro.

Después de nueve meses en colegio de curas, con dedicación y disciplina de las de antes, te habías hecho devoto de San Luis Gonzaga. Solía ser sobre su fecha, el 21 de junio, cuando empezaban las añoradas vacaciones de verano. El día 22  se nos antojaba demasiado tarde para salir de estampida hacia la libertad. Mi padre tampoco se hacía el remolón para venir a buscarnos, porque como durante el resto del año tenía que aprovechar los fines de semana para venir a vernos (los niños estábamos en Zaragoza, con mi madre y Pilarín, por los estudios), quería aprovechar para disfrutar (es un decir) de la familia a tiempo completo esos tres meses largos (hasta primeros de octubre).

Las carreteras y los coches de entonces convertían los ciento siete kilómetros que nos separaban del destino en la primera aventura del verano. Entre el  anciano Peugeot gris descatalogado (matrícula Z-9753) y el verde Seat Seiscientos (Z-24673), en el que mis padres llegaron a meterse con once niños (entonces no paraba la benemérita por esos motivos), estaba el vehículo destinado a llevarla a buen término.

Recuerdo el sabor de la biodramina, que me daba mi madre por ser proclive a los mareos. Producía el efecto contrario al deseado, porque lo relacionaba con los mismos y me garantizaba las nauseas antes de subir al coche. Nos hicimos auténticos especialistas, primero en caber y luego en colocarnos de la forma más cómoda posible. Sin embargo era raro que no hubiera que interrumpir el viaje en un par de ocasiones, para solventar asuntos personales (pises, mareos o piernas dormidas) o técnicos (pinchazo o calentón del agua del radiador). Cada uno de los pueblos por los que pasábamos (Villanueva de Gállego, Zuera, Almudévar, Tardienta, Almuniente…) daba nombre a los capítulos del viaje y rienda suelta a las preguntas sobre el tiempo o el espacio que faltaba. El último (Grañén) era la referencia de que nos encontrábamos a doce kilómetros de la añorada meta. Recién pasada la estación de Poleñino se divisaban ya los dos árboles que custodiaban la entrada a los seiscientos metros del camino de las moreras, que daba definitivo acceso a los edificios.

Los abuelos se habían adelantado o estaban a punto de llegar, lo mismo que los tíos y primos. Los que por vivir allí todo el año siempre se encontraban para recibirnos eran Paco y Atina, los encargados, demasiado jóvenes para ser nuestros terceros abuelos pero con todos los derechos adquiridos desde un punto de vista afectivo. Su hija Pilarín, a la que he nombrado antes, vivió con nosotros hasta que se casó. Fue nuestra segunda madre. Con cualquiera de ellos, o con los tres, podría hacerse la más entrañable de las entradas.

Nuestra primera actividad consistía en fabricar un lugar donde reunirnos la gente menuda. Bajo las severas instrucciones de nuestro hermano mayor y líder (además de alguna que otra hostia, que enseguida obviabas para no caer en la vergüenza de ser expulsado de la banda), fuimos mejorando con los años en espacio, solidez e impermeabilidad. El paso del Paleosáquico (antigua construcción con saco) al Neopájico (nueva construcción con pacas de paja) resultó definitivo. En esas barracas, evidentemente con acceso vedado a los mayores, se fraguaban todas nuestras fechorías.

Eran tiempos en los que la austeridad formaba parte de la educación, independientemente de la situación económica de cada familia. Te creabas muchos más juguetes de los que te regalaban. Primaba la imaginación sobre la evidencia. ¿Para qué necesitabas algo con forma de caballo pudiendo galopar con una caña entre las piernas?

No se compraban cosas para adaptarlas a las supuestas necesidades de las personas, sino que las necesidades de las personas se adaptaban a las cosas que había. La bicicleta era un modesto vehículo, pero un juguete de lujo. El problema no era que no te la cambiaran por otra cuando crecías, sino simplemente que no tenías. En nuestro caso había dos, heredadas de la generación anterior, para los diez primos. En unos Reyes se incorporó una tercera a la cuadra, que nos hizo los seres más felices. Por supuesto era (como las otras) de tamaño grande, porque en caso contrario a los mayores no les hubiera servido cuando se les hubiese quedado pequeña, mientras que de esta forma los pequeños podían pedalear de pie hasta que les llegara el culo al asiento.

Un día que les contábamos a mis sobrinos que el 10 de agosto mi abuela nos dejaba tomar una coca-cola para celebrar el día de San Lorenzo, patrón de Huesca, se quedaron callados esperando la explicación de dónde estaba la gracia. Tuvimos que aclararles que entonces esas cosas estaban en casa para las visitas y las personas mayores. La bebida de los niños era el agua (por supuesto del grifo o del pozo) y, de vez en cuando, aquéllas gaseosas que te fabricabas mezclando el contenido de un sobre amarillo con el de otro blanco. A primeros de mes ya estabas dándole vueltas a la decisión de si ese año te ibas a decantar por la coca-cola o por el kas de naranja. Y disfrutando como un enano de esos momentos, que entonces todavía no se habían inventado los traumas infantiles.

Teníamos piscina y bien grande por cierto. ¿Qué es eso de la depuradora y los tratamientos del agua? Hubieran  matado a las ranas y culebras, no seas burro.

Dos de aquellos veranos estuvieron presididos por sendos regalos antológicos. El primero fue de nuestro abuelo. Un coqueto carro pintado de rojo, en el que enganchábamos a la burra Platera, se convirtió en nuestro vehículo de excursiones y aventuras. El segundo, cuando éramos un poco más talluditos, de nuestro padre. Con una moto vieja, las ruedas de una vespa, un poco de imaginación y la eficaz colaboración técnica y mano de obra de los hijos del herrero de Poleñino (el tiempo demostró lo que valían esos chavales) nos hizo un kart, con el que aprendimos a conducir y pasamos momentos inolvidables.

La televisión era ese aparato nuevo que había comprado el abuelo y que veían los mayores. A los pequeños solo nos apetecía por la noche, cuando ya no se podía estar por la calle, pero entonces tenías que marcharte a la cama o salían los putos rombos. Dichosos rombos. No creo que los pusieran por el  destape, porque por aquél entonces cuando a una mujer se le ocurría enseñar en su escote el principio del canalillo, le plantificaban una gasa para que no se excitara el personal. Y eso hubiera sido además por los mayores, porque a nuestras edades entendías un poco de culos, pero a las tetas todavía no les habías encontrado otra gracia que la de dar de mamar a los críos.

Mi hermana la mayor siempre dice que a su hija apenas le contó cuentos, porque cuando empezaba con Caperucita y el lobo le decía que le gustaban más sus relatos de lo que hacíamos cuando éramos pequeños.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Citas (181 a 190)








181. “El poder es bien tenido cuando es el poderoso más amado que temido” (Adelardo López de Ayala).


182. “No se debe usar el desprecio sino con gran economía, debido al gran número de necesitados” (François de Chateaubriand).


183. “Todas las generalizaciones son peligrosas, incluida ésta” (Alejandro Dumas).


184. “El cielo se gana por favores. Si fuera por méritos, usted se quedaría afuera y su perro entraría” (Mark Twain).


185. “El pasado ya no es y el futuro no es todavía” (San Agustín).


186. “A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada” (Winston Churchill).


187. “Luchemos por cosas lo bastante grandes para que nos importen y lo suficientemente pequeñas para poder conseguirlas” (Jonathan Kozo).


188. “Se es viejo cuando se tiene más alegría por el pasado que por el futuro” (John Knittel).


189. “¡He perdido mi gotita de rocío!, dice la flor al cielo del amanecer, que ha perdido todas sus estrellas” (Rabindranath Tagore).


190. “Cuando el error se hace colectivo, adquiere la fuerza de una verdad” (Gustave Le Bon). 


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jueves, 13 de septiembre de 2012

Clientes sin la razón







Considero una estupidez eso de que el cliente siempre tiene la razón. Tendrá derecho a ser atendido en sus reclamaciones, pero no a que todas ellas sean aceptadas aunque no tengan sentido. Hacerlo como norma significa que al final terminen pagando justos por pecadores.

Hace años estuve trabajando en una agencia de valores. Nuestra central nos ingresaba periódicamente dinero en una cuenta, para que pudiéramos satisfacer con él determinadas reclamaciones de clientes sin necesidad de tener que justificarlas. Casi todo terminaba en manos del mismo, que no era ni mucho menos el mejor sino  el  que más comido  le tenía el coco al jefe con sus requerimientos. Otros mucho más fundamentados se quedaban sin atender. Terminamos por darnos cuenta de que iba a ser mucho más rentable que se fuera con sus quejas a la competencia.

Si unos grandes almacenes me venden un artículo con la oferta de que si no quedo satisfecho me devuelven el dinero, entiendo que debo sentirme especialmente obligado a ofrecer como contraprestación un comportamiento honesto a la hora de hacer uso de ella. No quedar satisfecho no quiere decir comprarte un traje para una boda y devolverlo después de haberlo  usado en la misma. Eso es ser un  hijo de puta, que no es lo mismo.

No soporto la cara dura de los gorrones de periódicos. No estoy aludiendo, aunque también podría hacerlo, a quienes roban el del bar al que han ido a tomar café, sino a los que se lo leen en un quiosco o en un gran almacén. Una cosa es echarle un ojo a la portada y otra muy distinta empapártelo completo para no tener que pagarlo, esperando que no te vean o no les compense montar el número de llamarte la atención. Hace falta ser miserable, por ahorrarse un euro. El otro día estuve observando a un señor que lo hacía. Por lo bien trajeado que iba supuse que no le esperaba un mal coche a la salida. Me repugnó. Creo que eso tiene que ser una enfermedad. Pues al psiquiatra.

Luego están  los que van de clientes por la vida. No me refiero a los exigentes, que me parece muy bien que lo sean, sino a los que creen que el hecho de ir a comprar algo a un sitio les otorga poco menos que el derecho de pernada. Necesitan sentirse importantes recibiendo un trato respetuoso que personalmente no merecen. No pagan con la  misma moneda, mirando por encima del hombro a la persona que les atiende. Les agrada tenerla una hora a su servicio, para buscarles cosas que no van a comprar.

Dentro del grupo anterior hay un subgrupo que es superior a mis fuerzas. Podría encuadrarse en la clase fantasmas, orden protagonistas y familia impertinentes. Su hábitat natural son los restaurantes. En muchas ocasiones, cuando salen de casa, ya saben por qué motivo  van a montar el  número.  Si no, sobre la marcha. No hay tema sobre el que no opinen con  aires de estar en posesión de la verdad absoluta. Protestan por cualquier motivo y si no lo hay se lo inventan. Su ilusión es impresionar por su sensibilidad, paladar, saber estar y carácter a los que comparten  su mesa y, a poder ser, a los que están en las de alrededor. La mayoría de la gente termina rehuyéndoles, por lo que suelen quedarse con amigos de poca personalidad entre los que causan admiración.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Diccionario en clave de humor (16)






Reinvención personal, en clave de humor, del significado de las palabras.




IMPUTAR. Culpar a las prostitutas de las debilidades carnales.
INFANTA. Hija de S. M. la Coca-Cola.
INFLAMABLE. Dícese del  que se presta afablemente a ser quemado. (Véase "Vida de San Lorenzo").
INGLES. Parte del cuerpo en que se juntan los muslos con  el vientre de los nacidos en Inglaterra.
IRONÍA. Figura que consiste en  decir las cosas tal  y como son… dichas.
JOYA. Pintor español famoso por sus Magas.
LECTORAL. Canónigo rumiante.
LEGITIMAR. Certificar como genuino y verdadero algo que no lo es.
LEÓN. Mamífero carnívoro, muy aficionado a la lectura.
LETRINA. Signo de la escriturina.
LICORISTA. Mujer de revista dedicada a la fabricación o venta de licores.
LIBIDINOSO. Plantígrado lujurioso.
LOGROÑÉS. Dícese del que consigue nacer en la Rioja.
LOOR. Alabaanza.
LUMBAGO. Lumvago. Dolor reumático que padecen las personas ociosas o perezosas.
Diccionario (15)                                     Página principal                                    Diccionario (17)

jueves, 6 de septiembre de 2012

Donantes de vida







Andaba un día a vueltas con mi conciencia o, mejor dicho, ella a vueltas conmigo. Llevas fama de bueno entre los que te quieren y has tenido los santos cojones de llegar a creértelo. Ni robas, ni matas, ni eres especialmente hijo de puta, pero no creo que eso sea bagaje suficiente para poder salir airosos de ese juicio que dicen nos van a hacer al final de los tiempos. Y aunque no lo hubiera, puedes juzgarlo tú mismo. ¿Te consideras bueno simplemente por no ser del todo malo? Llámalo de otra manera más actual si quieres, pero hasta los curas te decían en el colegio que se podía pecar también por omisión. Y tú hacer, lo que se dice hacer por los demás, has hecho bien poco en tu puta vida.

Estaba agresiva la cabrona. Dicen que los hijos, el esfuerzo que se hace por sacarlos adelante, es lo que da sentido a la vida de una persona. Y también  a la muerte, porque son  como tu prolongación en  este mundo. Ya me dirás qué es lo que estás haciendo tú, infructuoso solterón de mierda, para dejar tu huella. Ya podías buscar una alternativa, aunque fuera la horterada de salir en el  Guinness por haber hecho alguna catetada universal, para que no se  olvide tu paso  por aquí  a  los diez minutos de haber palmado.

Y siguió machacando. Llevabas toda tu puñetera vida dando por hecho que no podías ser donante de sangre, porque no estabas seguro si de pequeño habías tenido la hepatitis. No se te ha ocurrido preguntar en todos estos años si había alguna forma de comprobarlo. Por casualidad acabas de enterarte de que esas hepatitis que suelen tenerse de niño no son las excluyentes, sino otras más graves. Además, cuando vas a donar, se comprueban todas esas cosas. Qué cantidad de tiempo perdido. Espero que ahora no sigas remoloneando, porque ya no tienes excusa.

El  día que hice mi primera donación de sangre y de paso dejé firmada la de los órganos, observó que me había percatado de su sonrisa de satisfacción. Tampoco vayas a creerte ahora lo más de lo más por haberte desprendido de menos de medio litro de sangre y haber dejado en herencia tus astigmáticos e hipermétropes ojos cargados de dioptrías. Menudo chollo para el pobre que le toquen.

La mandé a tomar por el culo y reaccionó bien. Me dijo que a veces tenía que ponerse un poco violenta para conseguir tocar mi adormecida fibra sensible, pero reconociéndome que últimamente se había pasado un poco. La verdad es que desde aquél día nos llevamos un poco  mejor, aunque el trato entre nosotros tampoco ha cambiado mucho. Ella sigue aceptando que le diga con frecuencia que es una mala zorra entrometida. Yo que me señale todas esas cosas que podría hacer por los demás. Y por supuesto que me recuerde cada tres meses que tengo que ir a donar. Los días que acudo al banco de sangre me permite sentirme un poco mejor conmigo  mismo.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Citas (171 a 180)







171. “Aquél tiempo tan feliz en que éramos tan desgraciados” (Alejandro Dumas).


172. “¡Qué pena que beber agua no sea un pecado! ¡Qué bien sabría entonces!” (Giacomo Leopardi).


173. “A menudo los labios más urgentes no tienen prisa dos besos después” (Andrés Calamaro).


174. “No se debe juzgar a un hombre por sus cualidades, sino por el uso que hace de ellas” (François de la Rochefoucauld).


175. “El poder no me interesa. Después de la victoria, quiero regresar a mi pueblo y continuar mi carrera como abogado” (Fidel Castro).


176. “No puedo desear que ganen los buenos, ya que ignoro quienes son” (Gonzalo Torrente Ballester).


177. “A veces es necesario que un hombre muera por un pueblo, pero nunca debe un pueblo morir por un hombre” (Salvador Espriú).


178. “El político piensa en las próximas elecciones; el hombre de estado en la próxima generación” (William Edward Gladstone).


179. “¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!” (Miguel León Portilla).


180. “El conocimiento se adquiere por medio del estudio; la sabiduría, por medio de la observación” (Marilyn vos Savant).


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